Encuentro de escritores latinoamericanos jóvenes en Cornell University

Hoy y mañana, en la Andrew Dickson White House (en la foto) de Cornell University (Ithaca, Nueva York), se celebra un encuentro de escritores jóvenes organizado por el escritor Edmundo Paz Soldán, profesor en Cornell. La lista de invitados es amplia y el programa promete. Mañana en la mañana presento una ponencia junto a otros escritores peruanos: Gustavo Faverón, Carlos Yushimito y Salvador (Luis) Raggio. El tema de mi ponencia no resulta extraño al tipo de evento: hablaré sobre la juventud como asunto literario. Aquí un adelanto de lo que leeré mañana:  

En la narrativa latinoamericana del siglo XX –o por lo menos en una de sus líneas más influyentes–, ser un escritor ha implicado, casi inevitablemente, cumplir un requisito de edad: el de ser joven. Al parecer, los escritores jóvenes son los únicos invitados a la fiesta que ellos mismos han organizado. No hay alternativa: en determinado momento, digamos pasados los treinta y pocos, uno deja de ser candidato a la condición de escritor, y solo le quedan dos opciones: recordar las viejas glorias, si es que hay algo que recordar, o pasarse al bando de los villanos. El cuento “Bienvenido, Bob” de Juan Carlos Onetti es el manifiesto de esta segunda vía. En cuanto al sendero de la nostalgia, “Los detectives salvajes”, de Roberto Bolaño, es una novela sobre ex-jóvenes que no se resignan a crecer. Así, la madurez y la tercera edad no han sido temporadas fértiles para muchos escritores latinoamericanos, al menos cuando estos se han empeñado en imaginarse a sí mismos y en almacenar estas percepciones –por lo general heroicas, también sarcásticas– en sus libros. Esto sorprende, porque algunos de esos escritores eran joyceanos: pienso en Leopoldo Marechal, Guillermo Cabrera Infante, Fernando del Paso. Es como si sólo hubieran encontrado estimulantes ciertos capítulos del “Ulises”, los que protagoniza Stephen Dédalus.

¿Cuál es la razón de esta juvenolatría? Para Franco Moretti, el personaje joven, artista o no, pero muchas veces sí, que se encuentra en trance de encontrar su propio yo, o de construirlo como si fuera una estructura novelesca con principio, medio y final, es el personaje moderno por excelencia; en América Latina, este joven prototípico es el sujeto idóneo para dramatizar las convulsiones de una modernidad problemática, semejante a las pesadillas de una adolescencia difícil: los estirones de la pubertad como metáfora colectiva. Ahora bien, podemos aceptar esta respuesta, o tomar otro camino y señalar un hecho característico de varias novelas importantes escritas el siglo pasado , cuyos protagonistas son artistas o escritores jóvenes: me refiero al hecho de que estos personajes no suelen andar solos. Por el contrario, acostumbran juntarse en grupos, bandas, sociedades, o círculos cuya misión central, según trataré de demostrar en la ponencia de mañana en Cornell, es detener el proceso natural de crecimiento y decadencia. En otras palabras, se agrupan para congelar el tiempo.

Arguedas versus Cortázar en la amazonía peruana (Sobre “Las tres mitades de Ino Moxo” de César Calvo, II)

Dos figuras enfrentadas por un debate que tuvo lugar hace cuarenta años aparecen en las páginas de “Las tres mitades de Ino Moxo” (Lima: Peisa, 2011), la novela de César Calvo: Julio Cortázar y José María Arguedas. Recordemos brevemente la hiriente polémica, que tuvo ataques y réplicas, y que es aludida en “El zorro de arriba y el zorro de abajo”. El problema de fondo es quién posee mayor derecho y capacidad para representar, en literatura, la realidad latinoamericana: si el escritor cosmopolita, profesional y expatriado -encarnado por Cortázar-, o el escritor andino, afincado en su país y, además, “provincial”, denominación peyorativa que Arguedas transforma en un valor: el de estar lejos de la industria editorial y del mercado de los libros, pero cerca de las raíces de la cultura y de los orígenes de la propia vocación. Más que una discusión de ideas se trató de un intercambio de pullas e ironías, en el cual Arguedas, emocionalmente afectado por el asunto, y muy dispuesto a ser injusto con Cortázar -como el propio escritor argentino lo fue con él, cosa que más tarde lamentó-, asumió una actitud dolida que no excluyó los dardos envenenados ni la falsa modestia, como se ve en el Primer diario:

“Soy en ese sentido un escritor provincial; sí, mi admirado Cortázar; y, errado o no, así entendí que era don João y que es don Juan Rulfo. Porque de no, Juan, que conoce al infinito el oficio, no debería ser pobre. Yo tuve que estudiar etnología como profesión; el Embajador fue médico; Juan se quedó en empleado. Escribimos por amor, por goce y por necesidad, no por oficio. Eso de planear una novela pensando en que con su venta se ha de ganar honorarios, me parece cosa de gente muy metida en las especializaciones. Yo vivo para escribir, y creo que hay que vivir desincondicionalmente para interpretar el caos y el orden”.

 Hoy parece que los términos del debate han cambiado de sentido. Nadie diría, por ejemplo, que vivir dentro o fuera de un país es factor que condiciona la capacidad de referirse a él. El sitio físico del escritor, su laboratorio de escritura, ha perdido importancia. Por otro lado, el propósito de “ser fiel” a un referente cultural, como podría ser el mundo andino, no se cuenta ya entre las misiones “naturales” del escritor latinoamericano. En cuanto al tema del mercado y la profesión, sigue siendo cierto que la gran mayoría de los escritores “carece de oficio” y escribe “por amor, por goce y por necesidad”. Es verdad, la industria editorial en el mundo hispano ha crecido desde los años sesenta, justamente a partir del Boom, pero no ha eliminado otras formas de circulación de la literatura, antiguas y nuevas: la autopublicación -destino y privilegio de tantos-, la editorial independiente, los blogs, los soportes digitales. Creo que la coexistencia de estas alternativas tiende a una estabilización: el universo es suficientemente amplio, digámoslo así, para acoger diversas modalidades de encuentro entre el escritor y el lector. 

Volvamos a Calvo. En su novela, Cortázar aparece en el Cusco, recorriendo la fortaleza inca de Sacsayhuamán, guiado por un niño que le muestra y explica el lugar. El narrador, César Soriano, se queda “mirando con los mismos ojos la imagen ternurosa del niño quechua conduciendo a ese gigante claro bajo el poncho negro como si se tratara de su hermano más frágil y pequeño”. La ironía resulta clara; Cortázar es dejado en ridículo cuando, asombrado, pregunta acerca de las rocas gigantes de la fortaleza: “¿Cómo es que alguien pudo, y puede hoy día, moverlas?”. “Cantando, pues, lo hacían” le contesta el niño. Así, el autor de “Rayuela” se nos muestra como un turista, un visitante deslumbrado ante una grandeza que intuye, pero no comprende. Su pregunta es la misma que se hacen todos los que acuden a Sacsayhuamán: maliciosamente, Calvo le roba a Cortázar toda marca de singularidad, lo convierte en el occidental promedio, un poco torpe y avasallado por las ruinas vivientes del Tahuantinsuyo.

Arguedas, por su parte, aparece hacia el final de la novela, pero lejos de ser un visitante extranjero, luce como un ser legendario vislumbrado en una visión fomentada por el ayahuasca: “No pude oírlos más. Me desperté. Con los ojos tapiados quién sabe por cuáles sueños, miré: José María Arguedas volvía caminando sobre el río, desde el embarcadero de Dos de Mayo que se nublaba al frente de la isla, envuelto en una cushma amarilla y flamante”. Arguedas forma parte, de esta manera, de la entraña más profunda del cosmos imaginario que veda la entrada a Cortázar: convertido en una presencia mítica, que existe en el presente y en el pasado más remoto y además delata rasgos de inka, el ciudadano Arguedas abandona la historia y se traslada a una dimensión sagrada. “¡De ahora en adelante ya no vas a ver más! -lo interrumpió la voz de Don Juan Tuesta-. ¡De ahora en adelante, José María Arguedas, tú serás la visión!”.

Se me ocurre que estas apariciones son caídas de la novela de Calvo, que es excelente en otros aspectos. Es obvio que Calvo conoce la polémica de Cortázar y Arguedas, y que esta funciona como telón de fondo. Lamentablemente, el poeta elige la solución más sencilla: darle la razón a Arguedas, como si se tratara de un combate entre mundos antagónicos, y ridiculizar al derrotado. Su proceder es simple: frente a la riqueza cultural andina y amazónica, Cortázar será siempre un invitado, mientras que Arguedas está dentro de ella. ¿No implica este gesto restarle méritos al creador de ficciones, que no ha inventado unos Andes imaginarios, pero sí los ha recreado desde la investigación antropológica y la fabulación literaria? Si el Cortázar de Calvo podría ser un turista cualquiera, ¿no es su Arguedas una divinidad intercambiable por otras, un dios mudo y fugaz entre tantas apariciones de la mareación?

“Divertimento” de Julio Cortázar

Un amigo que escribe una tesis sobre el rock, la contracultura y la juventud de los años sesenta en la literatura de “la Onda” mexicana me presta “Divertimento”, novela breve que Julio Cortázar escribió en 1949, cuando tenía 35 años, y que fue publicada póstumamente en 1986. Lo primero que pienso, después de recorrer –con menos interés real que culpa de lector que ha llegado tarde a la fiesta– estas ciento cuarenta páginas que su autor decidió dejar en la sombra, es que a Cortázar debió costarle mucho no publicar este texto, una decisión que vista desde hoy resulta irreprochable. “Divertimento” contiene tópicos y personajes, espacios y referentes, de los que el joven Cortázar no se pudo desprender, hasta que al fin consiguió darles un mejor lugar en “Rayuela”, de 1963. La sensibilidad de los amigos artistas que habitan el experimento de 1949 no solo anticipa la que unirá a los miembros del Club de la Serpiente, sino que constituye su primera forma, su debut imperfecto. No me parece productivo entender “Divertimento” como un experimento fallido; más bien, es posible verla como una proto-Rayuela en miniatura que, al mismo tiempo, no tiene nada que ver con “Rayuela”. Presenta, exactamente, los mismos elementos que más de una década después formarán parte de una obra maestra, pero algunos de ellos son aún demasiado tenues, y otros son tan exagerados que parecen exigir una dosis de autocrítica.  

El puente entre ambas novelas es el círculo de artistas: en la primera se llama “Vive como puedas”, nombre revelador de la disipada ética de sus miembros, poetas, pintores y otros bohemios que viven en Buenos Aires y se dedican, como en “Rayuela”, a reunirse periódicamente en sesiones cuyo objetivo no es, en realidad, discutir sobre poesía o pintura, sino ensayar juntos el montaje de un happening. Lo artístico no está en la obra de estos amigos, que a excepción de un cuadro malo y algunos cadáveres exquisitos, es inexistente. Como sucede con Oliveira, la Maga, Ossip y los demás, pasa en “Divertimento” que la verdadera obra de arte puesta en marcha durante las sesiones del “Vive como puedas” reside, finalmente, en el tipo de amistad que relaciona a Jorge, Marta, Renato y los otros. La misma comunidad que se autodenomina “Vive como puedas”, dueña una forma particular de entender el vínculo entre la vida y el arte, es la contribución de sus autores a la literatura. Esta idea será central en “Rayuela”, pero haber llegado a ella como se llega a una intuición productiva no basta, todavía, para escribir una buena novela.

Se podría pensar que lo que falta, en “Divertimento”, es la estructura de “obra abierta”. Sin embargo, no es este aspecto de la novela mayor de Cortázar el que seduce a sus lectores hoy. Muchos consideran que la “Rayuela” vanguardista, la que busca asombrar por su sofisticación formal, ha pasado a ser una pieza de museo. Para rescatar la novela, algunos se quedan con la historia de amor, y otros preferimos valorar los vínculos que se tejen en el Club de la Serpiente. Las pedantes discusiones de Horacio y compañía no sobreviven en la memoria del lector por su contenido, su aporte intelectual o su ingenio. El lector sabe lo que los personajes quizá ignoran: que su búsqueda metafísica, su contradictorio afán por salir de la cultura occidental a través de lo que es, en algunos casos, poco más que name-dropping culturoso, constituye el ropaje verosímil que asumen sus momentos de compañía. El Club de la Serpiente no es un grupo de intelectuales, tampoco en realidad un círculo de artistas: es un sitio de interacción, que sigue siendo estimulante por sus reglas de convivencia. El Cortázar maduro, que se asoma detrás de Oliveira y desaparece, se toma en serio los afectos y las necesidades de sus personajes, pero sonríe con paciencia ante lo que dicen cuando están juntos: lo importante es que estén ahí. El autor de “Divertimento” no es irónico: vacila demasiado. Normalmente se esconde tras la ingenuidad de su narrador en primera persona, que admira a los miembros del “Vive como puedas”, pero a veces se quita la máscara y se burla de estos impostores, desnudándolos como fraudes. El sarcasmo, una actitud ausente en “Rayuela”, traiciona las dudas del Cortázar joven: él no respeta ni podría respetar lo que sus personajes dicen, pero eso lo lleva a desconfiar, también, de lo que sienten. Y esta desconfianza los aniquila para nosotros.

“La invención de la soledad” de Paul Auster

Hay un fragmento de la segunda parte de “La invención de la soledad” (1982), el primer libro en prosa publicado por Paul Auster, que deja un recuerdo vívido. Auster compara dos versiones de la historia de Pinocho: el libro escrito por Carlo Collodi (1882-1883), y la reescritura cinematográfica de Disney. Según Auster, Disney subraya contenidos que en Collodi están ocultos, quitándoles poder de sugestión. Además modifica una escena central: el escape de Pinocho y Gepeto del vientre del tiburón (en Collodi) o la ballena (en Disney). En Disney, la boca de la ballena está cerrada, de modo que Pinocho necesita hacer una fogata que provoca un gran estornudo de la bestia. En Collodi, la boca está abierta, y por ella escapan el padre y su hijo, que nadan hacia la superficie. La escena crucial del libro esta ahí: “Pinocho nadando bajo el peso de Gepetto, abrién­dose camino en la noche azul oscura (página 296 de la versión americana), con la luna brillando sobre sus cabe­zas, con una sonrisa bondadosa en los labios y la enorme boca del tiburón abierta detrás de ellos”. El hijo, una criatura hecha de madera, salva al padre de morir, usando todas las fuerzas de su cuerpecito frágil.

En más de un sentido, “La invención de la soledad” también es un rescate laborioso, realizado con armas pobres. Auster indaga en la vida de su padre (en la foto), un inmigrante perseguido por una tragedia de infancia, cuyo mayor talento es estar ausente. Como un fantasma de incógnito entre los vivos, el padre se desliza sin ser tocado, se escabulle de su familia, desaparece incluso para sí mismo, se convierte en una figura vacía y solitaria, impenetrable, que ha cortado lazos con el mundo y, también, con el pequeño y desconcertado Paul, que atesora hasta la mínima señal de apertura del desconocido. “Un turista de su propia vida, un outsider perpetuo”, escribe Auster. Muchos años más tarde, tras la muerte de este hombre de humo, Auster inicia el trabajo de reconstrucción que llena las páginas de su libro. ¿Quién es, realmente, esta persona, y por qué? Entender a su padre es el objetivo del escritor, que busca además salvarlo de una segunda muerte: el olvido. Descifrar el misterio de la soledad de papá no basta, ya que también hace falta preservar ese descubrimiento y darlo a conocer. En la segunda parte del libro, el vínculo entre el padre y el hijo se convierte en el núcleo de una serie de meditaciones, organizadas como un haz de variaciones, en torno al poder del acto de contar historias para cerrar brechas y comunicarnos. Así, Auster no permanece en el terreno de lo privado: ofrece su caso a los lectores, nos involucra en su búsqueda. Contra lo que pudiera parecer, la soledad no es solo una enemiga: también es el santuario personal donde se almacena la memoria y del que nacen las historias.

Veintinueve años después de su primera edición, “La invención de la soledad” parece hoy uno de los libros más logrados y representativos de su autor. Es también de los que más conmueven. Según Pascal Bruckner, que firma la introducción de la edición preparada por Penguin en el 2007, el futuro narrativo de Auster está condensado en las menos de doscientas páginas de este volumen. No se trata sólo de motivos y preocupaciones que volverán más tarde, como la exploración del yo, las relaciones filiales, la simetría de las coincidencias, la desaparición, el ascetismo como una forma de epifanía de la carencia (un tema que reaparece en otro escritor norteamericano de una generación posterior a la de Auster: Jonathan Lethem). Con más transparencia que en ningún otro lugar, Auster demuestra aquí que su literatura, entendida como una batalla en los límites del lenguaje, viene de Beckett, especialmente de la trilogía “Molloy”/”Malone dies”/“The Unnamable” (en particular la segunda novela, protagonizada por un padre y su hijo). En “La invención de la soledad”, texto dividido en dos secciones que hace dialogar la autobiografía y el ensayo, se construye una forma peculiar –suerte de archipiélago de resonancias– que atrapa en su tejido la investigación afectiva y filosófica de todo el proyecto: ¿a través de qué pesquisas múltiples, minuciosas y memoriosas, de lectura y especulación, se puede llegar hasta el centro invisible de una persona y desplegarlo en un libro?

http://www.nytimes.com/books/99/06/20/specials/auster-solitude.html

Las luciérnagas de Machu Picchu

En junio de este año visité Machu Picchu por tercera vez. Desde el 2007 no volvía al Cusco y, aunque solo han pasado cuatro años, noté algunos cambios en la ciudad. En realidad, se trataba de un incremento de esa vitalidad ansiosa, concentrada en la Plaza de Armas y zonas aledañas, que indica la buena salud del turismo y de los negocios asociados a esta industria: más extranjeros perdidos en las callecitas de piedra, más bares y restaurantes con ofertas variadas, más vendedores callejeros de acuarelas, más ruido y menos tranquilidad. Después de dos días agotadores, Laura y yo tomamos un taxi hasta Ollantaytambo, donde nos subimos a un tren con techo de vidrio que deja mirar los nevados que acompañan el trayecto de cuatro horas, al filo de un Urubamba crecientemente encajonado por la vegetación de la ceja de selva, hasta Aguas Calientes, que ha pasado de ser una calle de pizzerías muy malas a convertirse en una aldea de juguete, limpia y desordenada, saturada de turistas y hospedajes con dos, tres y a veces cuatro pisos que parecen competir con las moles verdes del Putukusi y otros apus del lugar.

Teníamos una tarde libre antes de pasar la noche en Aguas Calientes y despertarnos a las tres de la mañana para intentar ser dos de los cuatrocientos afortunados en subir al Wayna Picchu. Orientados por la dueña del hospedaje, partimos siguiendo los rieles del tren hacia las cataratas Mandor, uno de los atractivos menores que muchos visitan antes de subir a las ruinas. Tras media hora de caminata debíamos llegar al sitio, según nuestra guía, pero los minutos fueron pasando, la ruta siguió internándose entre laderas de verdor más tupido, y al cabo de dos horas y media, llegamos a la conclusión de que estábamos perdidos. Nos lo confirmó un grupito de turistas que venía en dirección contraria, desde la hidroeléctrica, ese punto lejano que se puede ver desde lo alto del santuario. Sin darnos cuenta, hacía rato habíamos pasado junto a la entrada de las cataratas Mandor, que erróneamente tomamos por un letrero. Así que a eso de las cinco de la tarde, cansados y fastidiados, picados por mosquitos y sedientos, dimos media vuelta para tratar de llegar a nuestro destino antes de que cayera la noche.

Para entrar a las cataratas, hay que pagar diez soles -los cobra una viejita amable y habladora- y pasar a un jardín botánico con orquídeas y plantas de café que sirve de umbral a un espectáculo más bien modesto, si lo que uno busca es magnitud: una pareja de caídas de agua. La primera es un hilito plateado que salta entre rocas con musgo; la segunda, de mayor caudal pero menor tamaño, se precipita con fuerza hasta una poza de aguas verdes levantando un viento refrescante. Parece cierta la leyenda de que en estos espacios de violencia líquida es posible entrar en diálogo con los espíritus que habitan los nevados. Mandor tiene como fuente uno de nombre curioso: el nevado Verónica. Estuvimos un rato a la orilla de esa lagunita encrespada, en el aire opaco de las seis de la tarde, hasta que fue hora de regresar. Al despedirnos de la viejita cuidadora ya era tarde. Cinco minutos más tarde caminábamos, sin linternas, en la oscuridad de la selva.

No teníamos reloj. Sabíamos que era cosa de caminar unos treinta minutos hasta Aguas Calientes, y además en línea recta, pero pronto debimos admitir que estábamos temblando de miedo. ¿Miedo a qué, realmente? Eso era lo de menos. La situación no daba para reflexionar. Seguimos andando, sin correr por temor a caernos, bajo un cielo sin estrellas que se confundía con la sombra de las montañas. De pronto, una lucecita distante se encendió en la tiniebla; una chispa a diez, veinte metros, entre el follaje. ¿La linterna de alguien, tal vez? Al instante otra, y luego varias más, a izquierda y derecha: una constelación de relampagueos que, sorprendidos y felices, demoramos en identificar como luciérnagas. Yo las había visto antes, en las noches calurosas de St. Louis, pero Laura no, y estaba encantada. La maravilla de esta aparición bastó para tranquilizarnos hasta llegar al pueblo. Después nos reímos de nuestro pánico y dimos gracias a esas luciérnagas oportunas, que nos seguirán acompañando después de haber dejado de brillar.

“The Wrestler”, la película de Aronofsky

A mediados de los años noventa, cuando teníamos trece o catorce años, mi hermano y yo éramos fanáticos de la lucha libre. Veíamos “Wrestlemania”, programa de la WWF (World Wrestling Federation), y conocíamos muy bien la historia de derrotas, traiciones y regresos milagrosos al ring que se tejía entre nuestros personajes favoritos. “Stone Cold” Steve Austin era el preferido de mi hermano, pero yo me quedaba con “El enterrador”: ese gigante mudo y siniestro, de cara pálida y sobretodo negro, cuya aparición era precedida por un apagón y música de ultratumba. En cambio, despreciaba el oportunismo de Austin, un calvito cuyo único logro había sido marcar el récord de la victoria más rápida: apenas tres minutos y diecisiete segundos. Steve Austin, sin embargo, era adorado incondicionalmente por el público, mientras que el “Undertaker” sufría el más reconcentrado odio. En un universo dividido entre héroes y villanos, cada luchador labraba su gloria o su infamia mediante la exhibición de un cuerpo trabajado por el ejercicio y los esteroides, pero sobre todo a través de la palabra. Sus discursos servían para recordar viejas peleas que enardecían, años después, a sus protagonistas; también para soltar las frases típicas que arrancaban sin falta la ovación o la pifia de las tribunas. Por último, estas intervenciones con micrófono, que duraban lo que alcanzase a dar el carisma y la labia del hablante, eran tan importantes como las maniobras y llaves para construir la personalidad de un guerrero. La lucha misma, esa dosis de violencia organizada, sólo llegaba tras el duelo verbal.

“Solo soy un viejo pedazo de carne”, le dice el luchador retirado Randy “the Ram”, interpretado por Mickey Rourke, a la hija con la que intenta reconciliarse en “The Wrestler”, película dirigida por Darren Aronofsky en el 2008. A los cincuenta y tantos años, Randy es un combatiente aún famoso pero ya acabado que se niega a retirarse, incluso después de haber colapsado tras una pelea por un ataque cardíaco. Vulnerado en su salud y autoestima, Randy se aleja momentáneamente del cuadrilátero y busca reconstruir lo que tuvo y perdió a causa de su dedicación exclusiva al espectáculo que ama: una familia. Es así como se vuelve a contactar con una hija que lo detesta, precisamente por su ausencia, y también intenta acercarse a la bailarina nocturna interpretada por Marisa Tomei. Consigue, al mismo tiempo, un trabajo en un supermercado (forma degradada de contacto con el público): parece que los ex-luchadores no amasan grandes fortunas. A pesar de sus esfuerzos por llevar una vida normal, Randy entrará en crisis y echará todo por la borda. Una vez más le fallará a su hija, y no por falta de afecto, sino por seguir los hábitos de la vida disipada que ha llevado desde siempre. Ser reconocido, en el supermercado, por un fanático que todavía recuerda su época dorada, desatará una espiral de humillación que lo empujará a reclamar su sitio como rey del deporte. La parte más dramática de la película viene cuando Randy regresa a su mundo: ignorando las advertencias de los médicos y desechando la promesa del amor, participa en una lucha para celebrar los veinte años del legendario encuentro con el “Ayatollah”. Arrojado sin miedo a un destino quizá fatal, como en un cuento de Borges, Randy acepta su misión, se consustancia con su personaje y declara, en el discurso previo a la pelea, que la única realidad es para él la que encierra el campo de batalla. “Ustedes son mi familia”, les dice a los fanáticos, “y seguiré luchando hasta que así lo quieran”.

En “The Wrestler” vemos a un personaje debatiéndose entre dos definiciones de “familia”: está la noción convencional, pero también la artificial, cuyo núcleo es el vínculo afectivo y a la vez anónimo que une al luchador con su público. Compuesto por niños y adolescentes en su mayoría varones, este público asume el papel de un hijo colectivo, compuesto por rostros cambiantes, cuya lejana demostración de cariño está en el aplauso, el cántico, y el seguimiento del “padre-héroe” a través del tiempo. Una devoción con efectos pedagógicos, pues si bien Randy no es un modelo de masculinidad, hay algo en él que seduce. La fidelidad de sus hijos obliga al progenitor a seguir brindando su demostración de fuerza bruta, que es también un modo de protección simbólica con tintes nacionalistas: no se debe olvidar que Randy, patriota por excelencia, defiende a los Estados Unidos de amenazas extranjeras. Condenándose a sí mismo a este juego de distancias y abstracciones, luchando contra la debilidad de su propio corazón maltrecho, Randy “the Ram” conmueve y perturba por su entrega al abismo, por su elección de la soledad y la muerte. A mediados de los años noventa, mi hermano y yo no habríamos tenido más remedio que coronarlo como el padre de todos los héroes.

“Las tres mitades de Ino Moxo”, novela de César Calvo (I)

“Las tres mitades de Ino Moxo y otros brujos de la Amazonía”, la novela de César Calvo que acaba de reeditar Peisa, se publicó por primera vez en junio de 1981: hace justamente tres décadas. Su autor, muerto en el 2000 a los sesenta años de edad, no llegó a ver una segunda edición peruana de su obra (aunque sí una cubana, y traducciones al inglés y al italiano). Este hecho, que no sale de lo común en el Perú -donde muy pocos libros son reeditados-, revela una postergación de la narrativa de Calvo, tan reconocido como poeta. Se habla poco sobre el misterioso Ino Moxo; escasos lectores de literatura peruana tienen presente esta novela. A veces se sabe de ella pero se la malentiende, quizá no se le da importancia, o, peor aún, se ignora su existencia. Se trata de un libro exigente, que nos invita a reflexionar sobre los límites empobrecedores, que algunos textos borran, entre la poesía y la novela, entre la figura del “poeta” y la del “narrador”.

Como “El corazón de las tinieblas”, “Las tres mitades de Ino Moxo” narra un viaje de  occidentales hacia la selva profunda. En este caso, los territorios de la nación amawaka en el departamento de Ucayali. César Soriano y su primo César Calvo emprenden una travesía para conocer al legendario brujo Ino Moxo, nombre que significa “Pantera Negra”. En la línea de la novela de Conrad, Calvo plantea que la barbarie no reside entre los indígenas de la Amazonía, sino en la vocación asesina del sector moderno del Perú “oficial”, capitaneado desde Lima, obsesionado con los recursos de la selva y ciego a su riqueza cultural. La denuncia social es parte de la novela, rasgo que la emparienta con “El sueño del celta” de Vargas Llosa, aunque ésta es más ideológica -en un sentido crítico, no dogmático-, y menos visionaria y lírica que la obra de Calvo. De Vargas Llosa, la novela que más se acerca a “Ino Moxo” es “El hablador”, de 1987. En ambos textos encontramos personajes transculturados “al revés” -Mascarita y el mismo Ino Moxo-; es decir, peruanos occidentales que han saltado la barrera para incorporarse a una sociedad tradicional amazónica. El caso del brujo Ino Moxo es más dramático que el del estudiante sanmarquino reconvertido en hablador machiguenga, ya que Ino Moxo es el hijo de un cauchero que, siendo niño, fue raptado por los amawakas y utilizado años más tarde para conseguir armas de fuego que después levantará contra el pecho de sus padres.

Lo más destacable de la novela son la estructura de las voces, la construcción del tiempo y la dicción de los narradores. Aquí se percibe la destreza de César Calvo para edificar una ficción que reelabora, en su forma, las coordenadas de una cosmología no occidental. El narrador principal es César Soriano, que cede la palabra a César Calvo y a varios brujos, quienes se despachan con extensos relatos míticos. Sin embargo, estos personajes no son sujetos individualizados: desde su título, la novela juega con las paradojas de la unidad y la multiplicidad. Siguiendo el pensamiento amawaka, se construye una comunidad de “yosotros” -diría el mismo Calvo- en la que cada voz está habitada por otras presencias, otras ánimas cuya armonía remite a la unidad cósmica. Así también, el tiempo narrativo no es lineal: cada suceso del presente encierra un hecho del pasado y otro del futuro, de tal manera que a la comunidad de voces narrativas le corresponde una densidad de los tiempos. Por último, lo mejor de “Ino Moxo” es su lenguaje. El texto funciona, en gran medida, como una colección de “visiones” de ayahuasca, que son presentadas como fulgurantes epifanías poéticas alimentadas por un conocimiento vasto de las creencias amazónicas. No hay en este mundo acciones prosaicas; cada verbo elegido respira irrealidad. Calvo fuerza su prosa para volverla onírica sin restarle exactitud. Así, las visiones poseen una materialidad alucinada, que potencia su extrañeza.

No se debe olvidar que “Las tres mitades de Ino Moxo y otros brujos de la Amazonía” bebe de otras fuentes culturales del Perú: la andina y la afroperuana. La novela reconoce la complejidad de la interacción de los grupos que integran el país y no postula su fusión en una quimérica armonía superior. En ello se aleja de novelas como “País de Jauja” de Edgardo Rivera Martínez, en la cual -no lo debemos olvidar- el mestizaje feliz es una excepción. En realidad, esa armonía superior implicaría la aculturación de las minorías, su asimilación a un modelo hegemónico. Sin embargo, las tensiones de la heterogeneidad sí tienen una salida en “Ino Moxo”. En una primera lectura, ésta probablemente sería la admisión de que el Perú más auténtico, el que debe primar en el futuro, no es el representado por Lima y la modernidad, sino todo lo contrario. Nosotros podemos ensayar otra respuesta: así como la comunidad narrativa que asume la palabra en la novela, la nación posible que emerge de estas páginas de César Calvo se parece a un “yosotros” cuyas infinitas mitades se complementan, porque cada una sólo es ella misma en la medida en que está habitada por las otras. Conocer a los brujos es descubrirse a uno mismo.

La vida compulsiva de los hoarders

Yo viví durante dos años, sin descubrirlo hasta hace algunos días, justo al lado del departamento de quien sería calificado en inglés como un “hoarder”. Una noche salí a fumar y ahí estaba él, en el pasillo, un chico que tendría más o menos mi edad, de melena rubia, barba enmarañada y anteojitos redondos que protegían una mirada nerviosa. Esa fue la única conversación que tuvimos: me saludó con un tímido hi, me pidió un cigarro y, agradeciéndome casi sin palabras, se lo fumó a mi costado. Luego se metió en su departamento, cuyo interior yo había entrevisto varias veces porque él solía dejar la puerta abierta. Recuerdo ese recinto abigarrado, repleto de cosas que se apilaban unas sobre otras hasta el techo: cajas de cartón, maletas, libros y discos, papeles y más papeles, muebles innecesarios, una batería, una guitarra, varios televisores, más de una computadora, plantas, acuarios con peces y también vacíos. Allí, sentado ante un escritorio, normalmente estaba el chico, ¿acaso trabajando? Eso pensaba yo entonces; ahora no estoy tan seguro. La visión me perturbó la primera vez, pero me fui acostumbrando hasta que mi vecino dejó de ser una rareza llamativa: era muy desordenado, sin duda le costaba deshacerse de sus objetos, y acumulaba más de los que podía necesitar, pero gente extraña hay en todas partes, y cada quien tiene derecho a vivir como mejor le parezca sin ser molestado por la curiosidad ajena.

Estuve dos años en ese departamento de la calle Aurora, en Boulder. Como suele pasar, este curioso personaje, que a lo más daba para una anécdota, se borró de mi memoria apenas salí de allí. Hace menos de una semana, me entero por casualidad gracias una página especializada que ese vecino mío, casi seguramente, padecía del llamado “hoarding syndrome”, o síndrome de acumulación compulsiva (también se dice de “acaparamiento”). Hay reality shows que giran en torno al asunto, pero yo lo ignoraba. En realidad la enfermedad es fácil de definir: las personas que la sufren compran sin límite porque hacerlo les provoca placer, tienen graves problemas para organizar sus posesiones, tal vez por un déficit de atención, y les cuesta lo indecible desprenderse de aquello que ya no les sirve: prefieren dejar ahí ese libro, encima de la mesa que pronto se convertirá en hogar de infinitos desperdicios. Para el “hoarder”, sin embargo, cada cosa tiene su sitio, su función. A veces, aunque no siempre, él es capaz de notar el desorden y de ensayar intentos frustrados de organización, que terminan en agotadoras sesiones en las que apenas consigue trasladar de aquí para allá algunas cosas, sin plan ni concierto. El paso del tiempo transforma el hogar del “hoarder” en un laberinto casi invivible, en el cual el espacio libre para moverse es mínimo: apenas una ruta segura a través del campo minado, un pasaje que permite desplazarse de la puerta hasta el baño. En ocasiones, ni siquiera existe esa ventana al mundo interior. ¿Habrá muerto alguno de ellos enterrado bajo el peso de una columna de platos y ollas que se derrumba sin aviso? Como es evidente, estas personas están expuestas a serios peligros, como incendios, pero también a insidiosos problemas de insalubridad.

Aunque en la literatura no faltan personajes de este tipo -pienso en uno de “Almas muertas” de Gógol-, el síndrome recién fue categorizado hace unos treinta años. Los estudios son, todavía, insuficientes. No estamos hablando de avaricia. Aparentemente, es hereditario. Está ligado al perfeccionismo y la dificultad para tomar decisiones; posiblemente, también, se correlaciona con infancias lastradas por la pobreza. Las medicinas no rinden buenos resultados; la terapia sólo actúa en una tercera parte de los casos. Se estima que un 5% de la población norteamericana sobrelleva, en algún grado, este síndrome. A diferencia de los obsesivos-compulsivos, los “hoarders” no experimentan, en su vida diaria, sentimientos de ansiedad; pero sí una tristeza profunda cuando se ven obligados, por razones terapéuticas o porque ya no dan más, a descartar sus queridas posesiones, con las cuales establecen lazos afectivos imposibles de romper. Podría decirse que, desde su punto de vista, estamos refiriéndonos a seres vivientes. Cada pertenencia, que un observador externo desdeñaría como un cachivache, encierra un recuerdo, un sentimiento más o menos antiguo, y su presencia física en el espacio es un signo de ese otro dédalo, aún más denso y caótico, que debe ser la mente de un “hoarder”: su fatigada memoria.

¿Cómo será estar en el pellejo de uno de ellos y entrar, de repente, a un universo poblado de millones de estímulos, una vasta y compleja red que hace pensar en la Biblioteca de Babel, o en las tribulaciones de Funes, el memorioso? ¿Cómo dominar esa inmensidad, y navegar en intimidad tan avasalladora sin perderse ni verse alcanzado por las heridas que saltan a tu paso como animales salvajes desde cada rincón? Existen también recuerdos gratos, por supuesto: ellos se brindarán como amuletos contra las tretas de la oscuridad. ¿Encarna una bibicleta vieja, o un billete de otro país la salvación de algún desconocido que vive a la vuelta de la esquina? Por lo pronto, mi vecino, el chico de la barba enmarañada y los anteojitos redondos, pasaba muchas horas sentado al escritorio de su “vivienda” -una ironía cruel-, pero su luz estaba apagada. Recién ahora soy consciente de que no estaba trabajando, tampoco escribiendo. Su labor era más ardua y sin duda más crucial, porque de sus malabares de coleccionista y bibliotecario dependía la estabilidad del cosmos, la continuidad de la vida misma. Quién sabe si, cuando se hacía de noche, ese “hoarder” solitario aceptaba de buena gana la misión de velar también por mí, de ocultarme el desorden ilusoriamente organizado para asegurar la tranquilidad de mi sueño.

La garúa y los temblores de Lima: sobre Porras Barrenechea, Loayza y el carácter limeño

En un librito publicado en 1987 por la Municipalidad de Lima, encuentro un par de conferencias de Raúl Porras Barrenechea que trazan la historia de la ciudad desde tiempos anteriores a su fundación española –acontecida a las diez de la mañana del lunes 18 de enero de 1535– hasta la expansión urbana promovida por Leguía. Gracias al talento conocido de Porras para dar vida a sus descripciones, el recorrido de más de cinco siglos se condensa en un puñado de imágenes memorables: el paisaje de la huaca destacando sobre el horizonte marino, las frondosas huertas del cacique Taulichusco, el murmullo de las aguas del Rímac en las noches de aldea del siglo XIX, el posterior lujo barroco de la arquitectura religiosa. Tampoco faltan agudas observaciones sobre la sensibilidad de los limeños.

Merecen atención especial los comentarios de Porras sobre el “alma” limeña y su relación con el clima. Por ejemplo, con la garúa: “Nada más análogo al ingenio criollo, por superficial, por menudo y hasta por inconstante, que ese rocío intermitente de nuestros inviernos que se desliza finamente por el harnero celeste, y que, con una ironía muy frecuente, inunda las calles, traspasa los techos y empapa a transeúntes, a quienes se ha inculcado previamente la inutilidad del paraguas”. Igual importancia tienen los temblores: “El temblor sustituye adecuadamente a la tempestad, espectáculo demasiado trágico y solemne para el ligero espíritu criollo. Algo de la bufa alma limeña hay, en cambio, en el fenómeno sísmico. Si la garúa es irónica, el temblor parece una broma de algún oculto dios subterráneo”. Nada menos que Pachacámac, encarnación prehispánica del Señor de los Milagros.

Para Porras, el limeño por excelencia es Ricardo Palma: su “sal criolla”, su ingenio, su gracia y su amor al pasado, así lo prueban. En uno de los ensayos más extensos de “El sol de Lima” –titulado “Palma y el pasado”–, Luis Loayza parece darle la razón a su maestro, en lo referente al valor representativo de Palma. Esto no le impide lanzar una crítica áspera contra el tradicionista, justamente por su tono ligero y jocoso y su visión superficial de la colonia. En opinión de Loayza, Palma no llega a ser irónico: se queda en un criollismo chistoso que no penetra en las tragedias de la historia peruana. Si Palma es el limeño quintaesencial, entonces haber nacido en la capital del Perú –y, sobre todo, identificarse con este dato– no es ninguna virtud. En los cuentos de Loayza, por ejemplo, la asociación entre la tibieza equilibrada del clima limeño y el estancamiento interior de los personajes no entraña una celebración de “lo propio”, basada en el frágil hecho de ser “nuestro”: todo lo contrario. A leer los ensayos del autor de “Otras tardes” uno advierte que para él la identidad no es un fruto natural del terreno o de la historia, y tampoco el reflejo de lo que otros imaginan, sino la ardua destilación de un patrimonio sometido a la crítica más implacable y personal.     

Ironía y garúa; temblores y humorismo con tintes religiosos. Por supuesto, esa suerte de telurismo local preferido por Porras no podría explicar hoy el supuesto “carácter” limeño, que tampoco es una esencia inmodificable y debe admitir, como alegatos que lo socavan, el mismo transcurso histórico, la coexistencia de culturas, la diferencia individual. Proceso más rico cuando derrumba los muros entre lo local y lo universal, entre lo ajeno y lo propio, la construcción del yo implica crear una mirada que selecciona, transforma, inventa; que sabe atacar prejuicios. Y también, paso indispensable, que no duda en descartar lo que no sirve.

“Crónica del Perú” II de Pedro Cieza de León

La perspectiva del “soldado de a pie”, que es la que prima en la “Crónica del Perú”, establece un lazo de parentesco entre este texto y el de Bernal Díaz. Por supuesto, no se puede negar que Cieza esté representando los intereses de un grupo de encomenderos, a la vez que procura restablecer el prestigio perdido de la clase de los conquistadores, que se vio seriamente dañado por las acciones de Gonzalo Pizarro y los suyos. De hecho, para Cieza existe el grupo de los encomenderos que son “buenos cristianos”, porque sirven a su rey y no maltratan a los indígenas: son estos los que pelean al lado de La Gasca contra los malos encomenderos, los que no merecen las riquezas que poseen.

Se debe advertir que el modelo del itinerario terrestre, un tema ya discutido en la nota anterior, acoge diversos modelos narrativos: está la narrativa de aventuras, pero también el modelo medieval del peregrinaje, los relatos de viajes. Tratándose de un texto geográfico que no respeta un orden cronológico, podría argumentarse que su antecedente principal es la literatura corográfica: es decir, aquella literatura que describe ciudades, usualmente en orden jerárquico. Cieza no respeta ese orden jerárquico, sin embargo, ya que si parte de Panamá, es porque de esa misma ciudad partió su expedición.

En cuanto al itinerario marítimo, hay que decir que corresponde a la visión apolínea y totalizante de un mapa, y no a un itinerario. Inscrita en la narración de Cieza hay una carta de navegación moderna, basada en grados, y no un portulano antiguo basado en rutas costeras. Por otra parte, la información de Cieza es indirecta, a diferencia de los datos que le vienen del recorrido terrestre. Cieza entrevistó a numerosos pilotos para poder componer la parte marítima de la “Crónica”.

En términos generales, la “Crónica” puede ser descrita como una investigación geográfica, natural y cultural del gran teatro de acciones donde tendrán lugar los hechos de la guerra civil, que son los que a Cieza le interesa contar (ocupan el centro de su proyecto historiográfico en cuatro tomos). En este sentido, Cieza sigue al pie de la letra las recomendaciones de Fox Morcillo, famoso tratadista de la historia humanista.

A pesar de ello, Cieza tiende a validar su escritura en oposición a los mecanismos empleados por los historiadores académicos, como Pedro Mártir de Anglería y Gómara. Si estos acudían al conocimiento libresco y a las referencias de la antigüedad grecolatina, Cieza acude a la experiencia directa. La “Crónica del Perú” es un testimonio directo, en el que la experiencia y la escritura conviven al mismo nivel. Hay una distancia muy corta entre el tiempo de la vivencia y el tiempo de plasmación retórica. En este sentido, hay grandes diferencias entre alguien como Cieza y un escritor como Oviedo, que rescata los contenidos de su memoria. En Cieza, los hechos narrados cuentan, además, con una función mnemónica, pues se espera utilizar la escritura para guardar su recuerdo (especialmente cuando se trata de tradiciones indígenas).

Por supuesto, el valor de la llamada “experiencia directa” no es, muchas veces, un valor puro sino híbrido. Está el célebre ejemplo de la iguana de Oviedo, que mezcla la experiencia directa y la referencia textual. En otras palabras, la mediación textual logra insertarse en las formas aparentemente más transparentes de lo empírico. El yo de Cieza aparece, también, como un sintetizador de informaciones provenientes de fuentes distintas y de diferente naturaleza, como la lectura y la observación. Sin embargo, tampoco se puede negar que hay un alto grado de observación directa en Cieza, historiador muy preocupado por transmitir con la mayor fidelidad posible los hechos de las guerras civiles, desde el punto de vista de sus mismos participantes.

En cualquier caso, y más allá de las citas eruditas que Cieza incluye aquí y allá (y que bien pueden provenir de los florilegios de la época), lo cierto es que Cieza necesita validarse como un historiador no profesional, apelando a argumentos que un Pedro Mártir, por citar un ejemplo, jamás usaría. Al igual que Bernal Díaz, su autoridad autóptica responde a la necesidad jurídica de “probar” que lo que dice es verdadero; viéndose constantemente amenazado por el fantasma de la incredulidad, Cieza tiene que legitimar sus afirmaciones siguiendo una lógica muy semejante a la de las probanzas de méritos (demostración del merecimiento de mercedes reales), como ha señalado Ramón Iglesias para el caso de Bernal.

En Cieza, por lo menos en esta primera parte de su Historia, la geografía aparece como un criterio de explicación historiográfica. Uno de los ejemplos más claros es la diferencia orográfica entre Popapayán, zona atrasada y poco civilizada, y el Perú, cuna de los incas. La distinción entre ambas regiones posee una valencia natural, geográfica, ecológica y cultural. Esto no implica que Cieza descuide los procesos históricos propiamente dichos, ya que también brinda una razón histórica para el desnivel entre ambas unidades culturales: el actual desarrollo del Perú se explica por la existencia de una base colonial prehispánica, el mismo sistema colonial inca, que impuso sobre el territorio hoy dominado por España una red de caminos, tributos y trabajos forzados. Existe, entonces, una continuidad de historia colonial en la zona andina, que no existe en Popayán (en la actual Colombia).

El estudio de la cultura entraña, para Cieza, una serie de juicios de valor; también el establecimiento de una jerarquía de desarrollo cultural en el área andina, cuya cabeza es ocupada, como se sabe, por el Tahuantinsuyo. Los incas aparecen representados como un grupo radical y cualitativamente superior a sus antecedentes, los preincas, pero también a sus contemporáneos, como los indígenas de Popayán. Las observaciones de Cieza adjudican un “valor de civilización” a ciertos referentes que vuelven, siempre, como objetos privilegiados de comentario cada vez que se enfrenta a un nuevo grupo indígena: las armas, las formas de asentamiento, los sistemas de herencia, las formas de liderazgo, la vestimenta, su uso del oro, el idioma, el comercio y la religión. En cuanto a esta última, le presta especial atención a los ritos funerarios y los entierros, bajo la sospecha de que estas costumbres funerarias ocultan el germen de la creencia en la inmortalidad del alma (sospecha que tiene mucho sentido dentro de una concepción evolucionista de las culturas humanas).

La visión histórica de Cieza no escapa de un providencialismo que será objeto de una reflexión mayor en pensadores como José de Acosta. Cieza parte de la comprobación de que existen ingentes reservas de oro en el territorio americano; sin embargo, el oro carece de valor monetario para los habitantes de dicho territorio, que le conceden apenas un valor ritual y ornamental. El argumento providencialista asume esta coyuntura para plantear que la abundancia de oro americano sin usuarios americanos es obra de la voluntad divina, que dotó a las Indias de tales riquezas para convertirlas en un botín deseable para los conquistadores, quienes atraídos por la prosperidad material, no dejarían de traer sus valores y creencias, beneficiando a los indígenas: en otras palabras, a cambio de su oro, les entregarían la salvación eterna. Así, la explotación minera y la evangelización parecen ir de la mano. Por supuesto, esta falacia será comentada y desarticulada en numerosos textos anti-imperiales, incluso en el mismo teatro barroco español, como lo prueban algunas comedias americanas de Lope de Vega y otros dramaturgos.

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