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“Crónica del Perú” II de Pedro Cieza de León

Publicado: 2010-09-08

La perspectiva del “soldado de a pie”, que es la que prima en la “Crónica del Perú”, establece un lazo de parentesco entre este texto y el de Bernal Díaz. Por supuesto, no se puede negar que Cieza esté representando los intereses de un grupo de encomenderos, a la vez que procura restablecer el prestigio perdido de la clase de los conquistadores, que se vio seriamente dañado por las acciones de Gonzalo Pizarro y los suyos. De hecho, para Cieza existe el grupo de los encomenderos que son “buenos cristianos”, porque sirven a su rey y no maltratan a los indígenas: son estos los que pelean al lado de La Gasca contra los malos encomenderos, los que no merecen las riquezas que poseen.

Se debe advertir que el modelo del itinerario terrestre, un tema ya discutido en la nota anterior, acoge diversos modelos narrativos: está la narrativa de aventuras, pero también el modelo medieval del peregrinaje, los relatos de viajes. Tratándose de un texto geográfico que no respeta un orden cronológico, podría argumentarse que su antecedente principal es la literatura corográfica: es decir, aquella literatura que describe ciudades, usualmente en orden jerárquico. Cieza no respeta ese orden jerárquico, sin embargo, ya que si parte de Panamá, es porque de esa misma ciudad partió su expedición.

En cuanto al itinerario marítimo, hay que decir que corresponde a la visión apolínea y totalizante de un mapa, y no a un itinerario. Inscrita en la narración de Cieza hay una carta de navegación moderna, basada en grados, y no un portulano antiguo basado en rutas costeras. Por otra parte, la información de Cieza es indirecta, a diferencia de los datos que le vienen del recorrido terrestre. Cieza entrevistó a numerosos pilotos para poder componer la parte marítima de la “Crónica”.

En términos generales, la “Crónica” puede ser descrita como una investigación geográfica, natural y cultural del gran teatro de acciones donde tendrán lugar los hechos de la guerra civil, que son los que a Cieza le interesa contar (ocupan el centro de su proyecto historiográfico en cuatro tomos). En este sentido, Cieza sigue al pie de la letra las recomendaciones de Fox Morcillo, famoso tratadista de la historia humanista.

A pesar de ello, Cieza tiende a validar su escritura en oposición a los mecanismos empleados por los historiadores académicos, como Pedro Mártir de Anglería y Gómara. Si estos acudían al conocimiento libresco y a las referencias de la antigüedad grecolatina, Cieza acude a la experiencia directa. La “Crónica del Perú” es un testimonio directo, en el que la experiencia y la escritura conviven al mismo nivel. Hay una distancia muy corta entre el tiempo de la vivencia y el tiempo de plasmación retórica. En este sentido, hay grandes diferencias entre alguien como Cieza y un escritor como Oviedo, que rescata los contenidos de su memoria. En Cieza, los hechos narrados cuentan, además, con una función mnemónica, pues se espera utilizar la escritura para guardar su recuerdo (especialmente cuando se trata de tradiciones indígenas).

Por supuesto, el valor de la llamada “experiencia directa” no es, muchas veces, un valor puro sino híbrido. Está el célebre ejemplo de la iguana de Oviedo, que mezcla la experiencia directa y la referencia textual. En otras palabras, la mediación textual logra insertarse en las formas aparentemente más transparentes de lo empírico. El yo de Cieza aparece, también, como un sintetizador de informaciones provenientes de fuentes distintas y de diferente naturaleza, como la lectura y la observación. Sin embargo, tampoco se puede negar que hay un alto grado de observación directa en Cieza, historiador muy preocupado por transmitir con la mayor fidelidad posible los hechos de las guerras civiles, desde el punto de vista de sus mismos participantes.

En cualquier caso, y más allá de las citas eruditas que Cieza incluye aquí y allá (y que bien pueden provenir de los florilegios de la época), lo cierto es que Cieza necesita validarse como un historiador no profesional, apelando a argumentos que un Pedro Mártir, por citar un ejemplo, jamás usaría. Al igual que Bernal Díaz, su autoridad autóptica responde a la necesidad jurídica de “probar” que lo que dice es verdadero; viéndose constantemente amenazado por el fantasma de la incredulidad, Cieza tiene que legitimar sus afirmaciones siguiendo una lógica muy semejante a la de las probanzas de méritos (demostración del merecimiento de mercedes reales), como ha señalado Ramón Iglesias para el caso de Bernal.

En Cieza, por lo menos en esta primera parte de su Historia, la geografía aparece como un criterio de explicación historiográfica. Uno de los ejemplos más claros es la diferencia orográfica entre Popapayán, zona atrasada y poco civilizada, y el Perú, cuna de los incas. La distinción entre ambas regiones posee una valencia natural, geográfica, ecológica y cultural. Esto no implica que Cieza descuide los procesos históricos propiamente dichos, ya que también brinda una razón histórica para el desnivel entre ambas unidades culturales: el actual desarrollo del Perú se explica por la existencia de una base colonial prehispánica, el mismo sistema colonial inca, que impuso sobre el territorio hoy dominado por España una red de caminos, tributos y trabajos forzados. Existe, entonces, una continuidad de historia colonial en la zona andina, que no existe en Popayán (en la actual Colombia).

El estudio de la cultura entraña, para Cieza, una serie de juicios de valor; también el establecimiento de una jerarquía de desarrollo cultural en el área andina, cuya cabeza es ocupada, como se sabe, por el Tahuantinsuyo. Los incas aparecen representados como un grupo radical y cualitativamente superior a sus antecedentes, los preincas, pero también a sus contemporáneos, como los indígenas de Popayán. Las observaciones de Cieza adjudican un “valor de civilización” a ciertos referentes que vuelven, siempre, como objetos privilegiados de comentario cada vez que se enfrenta a un nuevo grupo indígena: las armas, las formas de asentamiento, los sistemas de herencia, las formas de liderazgo, la vestimenta, su uso del oro, el idioma, el comercio y la religión. En cuanto a esta última, le presta especial atención a los ritos funerarios y los entierros, bajo la sospecha de que estas costumbres funerarias ocultan el germen de la creencia en la inmortalidad del alma (sospecha que tiene mucho sentido dentro de una concepción evolucionista de las culturas humanas).

La visión histórica de Cieza no escapa de un providencialismo que será objeto de una reflexión mayor en pensadores como José de Acosta. Cieza parte de la comprobación de que existen ingentes reservas de oro en el territorio americano; sin embargo, el oro carece de valor monetario para los habitantes de dicho territorio, que le conceden apenas un valor ritual y ornamental. El argumento providencialista asume esta coyuntura para plantear que la abundancia de oro americano sin usuarios americanos es obra de la voluntad divina, que dotó a las Indias de tales riquezas para convertirlas en un botín deseable para los conquistadores, quienes atraídos por la prosperidad material, no dejarían de traer sus valores y creencias, beneficiando a los indígenas: en otras palabras, a cambio de su oro, les entregarían la salvación eterna. Así, la explotación minera y la evangelización parecen ir de la mano. Por supuesto, esta falacia será comentada y desarticulada en numerosos textos anti-imperiales, incluso en el mismo teatro barroco español, como lo prueban algunas comedias americanas de Lope de Vega y otros dramaturgos.


Escrito por

Luis Hernán Castañeda

Escritor. He publicado las novelas "Casa de islandia", "Hotel Europa", "El futuro de mi cuerpo" y "La noche americana".


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