no quiere más trata de personas

"The Wrestler", la película de Aronofsky

Publicado: 2011-08-21

A mediados de los años noventa, cuando teníamos trece o catorce años, mi hermano y yo éramos fanáticos de la lucha libre. Veíamos “Wrestlemania”, programa de la WWF (World Wrestling Federation), y conocíamos muy bien la historia de derrotas, traiciones y regresos milagrosos al ring que se tejía entre nuestros personajes favoritos. “Stone Cold” Steve Austin era el preferido de mi hermano, pero yo me quedaba con “El enterrador”: ese gigante mudo y siniestro, de cara pálida y sobretodo negro, cuya aparición era precedida por un apagón y música de ultratumba. En cambio, despreciaba el oportunismo de Austin, un calvito cuyo único logro había sido marcar el récord de la victoria más rápida: apenas tres minutos y diecisiete segundos. Steve Austin, sin embargo, era adorado incondicionalmente por el público, mientras que el “Undertaker” sufría el más reconcentrado odio. En un universo dividido entre héroes y villanos, cada luchador labraba su gloria o su infamia mediante la exhibición de un cuerpo trabajado por el ejercicio y los esteroides, pero sobre todo a través de la palabra. Sus discursos servían para recordar viejas peleas que enardecían, años después, a sus protagonistas; también para soltar las frases típicas que arrancaban sin falta la ovación o la pifia de las tribunas. Por último, estas intervenciones con micrófono, que duraban lo que alcanzase a dar el carisma y la labia del hablante, eran tan importantes como las maniobras y llaves para construir la personalidad de un guerrero. La lucha misma, esa dosis de violencia organizada, sólo llegaba tras el duelo verbal.

“Solo soy un viejo pedazo de carne”, le dice el luchador retirado Randy “the Ram”, interpretado por Mickey Rourke, a la hija con la que intenta reconciliarse en “The Wrestler”, película dirigida por Darren Aronofsky en el 2008. A los cincuenta y tantos años, Randy es un combatiente aún famoso pero ya acabado que se niega a retirarse, incluso después de haber colapsado tras una pelea por un ataque cardíaco. Vulnerado en su salud y autoestima, Randy se aleja momentáneamente del cuadrilátero y busca reconstruir lo que tuvo y perdió a causa de su dedicación exclusiva al espectáculo que ama: una familia. Es así como se vuelve a contactar con una hija que lo detesta, precisamente por su ausencia, y también intenta acercarse a la bailarina nocturna interpretada por Marisa Tomei. Consigue, al mismo tiempo, un trabajo en un supermercado (forma degradada de contacto con el público): parece que los ex-luchadores no amasan grandes fortunas. A pesar de sus esfuerzos por llevar una vida normal, Randy entrará en crisis y echará todo por la borda. Una vez más le fallará a su hija, y no por falta de afecto, sino por seguir los hábitos de la vida disipada que ha llevado desde siempre. Ser reconocido, en el supermercado, por un fanático que todavía recuerda su época dorada, desatará una espiral de humillación que lo empujará a reclamar su sitio como rey del deporte. La parte más dramática de la película viene cuando Randy regresa a su mundo: ignorando las advertencias de los médicos y desechando la promesa del amor, participa en una lucha para celebrar los veinte años del legendario encuentro con el “Ayatollah”. Arrojado sin miedo a un destino quizá fatal, como en un cuento de Borges, Randy acepta su misión, se consustancia con su personaje y declara, en el discurso previo a la pelea, que la única realidad es para él la que encierra el campo de batalla. “Ustedes son mi familia”, les dice a los fanáticos, “y seguiré luchando hasta que así lo quieran”.

En “The Wrestler” vemos a un personaje debatiéndose entre dos definiciones de “familia”: está la noción convencional, pero también la artificial, cuyo núcleo es el vínculo afectivo y a la vez anónimo que une al luchador con su público. Compuesto por niños y adolescentes en su mayoría varones, este público asume el papel de un hijo colectivo, compuesto por rostros cambiantes, cuya lejana demostración de cariño está en el aplauso, el cántico, y el seguimiento del “padre-héroe” a través del tiempo. Una devoción con efectos pedagógicos, pues si bien Randy no es un modelo de masculinidad, hay algo en él que seduce. La fidelidad de sus hijos obliga al progenitor a seguir brindando su demostración de fuerza bruta, que es también un modo de protección simbólica con tintes nacionalistas: no se debe olvidar que Randy, patriota por excelencia, defiende a los Estados Unidos de amenazas extranjeras. Condenándose a sí mismo a este juego de distancias y abstracciones, luchando contra la debilidad de su propio corazón maltrecho, Randy “the Ram” conmueve y perturba por su entrega al abismo, por su elección de la soledad y la muerte. A mediados de los años noventa, mi hermano y yo no habríamos tenido más remedio que coronarlo como el padre de todos los héroes.


Escrito por

Luis Hernán Castañeda

Escritor. He publicado las novelas "Casa de islandia", "Hotel Europa", "El futuro de mi cuerpo" y "La noche americana".


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