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una calle de lima. foto: flickr de toño / 1979

La garúa y los temblores de Lima: sobre Porras Barrenechea, Loayza y el carácter limeño

Publicado: 2013-05-24

En un librito publicado en 1987 por la Municipalidad de Lima, encuentro un par de conferencias de Raúl Porras Barrenechea que trazan la historia de la ciudad desde tiempos anteriores a su fundación española –acontecida a las diez de la mañana del lunes 18 de enero de 1535– hasta la expansión urbana promovida por Leguía. Gracias al talento conocido de Porras para dar vida a sus descripciones, el recorrido de más de cinco siglos se condensa en un puñado de imágenes memorables: el paisaje de la huaca destacando sobre el horizonte marino, las frondosas huertas del cacique Taulichusco, el murmullo de las aguas del Rímac en las noches de aldea del siglo XIX, el posterior lujo barroco de la arquitectura religiosa. Tampoco faltan agudas observaciones sobre la sensibilidad de los limeños.

Merecen atención especial los comentarios de Porras sobre el “alma” limeña y su relación con el clima. Por ejemplo, con la garúa: “Nada más análogo al ingenio criollo, por superficial, por menudo y hasta por inconstante, que ese rocío intermitente de nuestros inviernos que se desliza finamente por el harnero celeste, y que, con una ironía muy frecuente, inunda las calles, traspasa los techos y empapa a transeúntes, a quienes se ha inculcado previamente la inutilidad del paraguas”. Igual importancia tienen los temblores: “El temblor sustituye adecuadamente a la tempestad, espectáculo demasiado trágico y solemne para el ligero espíritu criollo. Algo de la bufa alma limeña hay, en cambio, en el fenómeno sísmico. Si la garúa es irónica, el temblor parece una broma de algún oculto dios subterráneo”. Nada menos que Pachacámac, encarnación prehispánica del Señor de los Milagros.

Para Porras, el limeño por excelencia es Ricardo Palma: su “sal criolla”, su ingenio, su gracia y su amor al pasado, así lo prueban. En uno de los ensayos más extensos de “El sol de Lima” –titulado “Palma y el pasado”–, Luis Loayza parece darle la razón a su maestro, en lo referente al valor representativo de Palma. Esto no le impide lanzar una crítica áspera contra el tradicionista, justamente por su tono ligero y jocoso y su visión superficial de la colonia. En opinión de Loayza, Palma no llega a ser irónico: se queda en un criollismo chistoso que no penetra en las tragedias de la historia peruana. Si Palma es el limeño quintaesencial, entonces haber nacido en la capital del Perú –y, sobre todo, identificarse con este dato– no es ninguna virtud. En los cuentos de Loayza, por ejemplo, la asociación entre la tibieza equilibrada del clima limeño y el estancamiento interior de los personajes no entraña una celebración de “lo propio”, basada en el frágil hecho de ser “nuestro”: todo lo contrario. A leer los ensayos del autor de “Otras tardes” uno advierte que para él la identidad no es un fruto natural del terreno o de la historia, y tampoco el reflejo de lo que otros imaginan, sino la ardua destilación de un patrimonio sometido a la crítica más implacable y personal.     

Ironía y garúa; temblores y humorismo con tintes religiosos. Por supuesto, esa suerte de telurismo local preferido por Porras no podría explicar hoy el supuesto “carácter” limeño, que tampoco es una esencia inmodificable y debe admitir, como alegatos que lo socavan, el mismo transcurso histórico, la coexistencia de culturas, la diferencia individual. Proceso más rico cuando derrumba los muros entre lo local y lo universal, entre lo ajeno y lo propio, la construcción del yo implica crear una mirada que selecciona, transforma, inventa; que sabe atacar prejuicios. Y también, paso indispensable, que no duda en descartar lo que no sirve.


Escrito por

Luis Hernán Castañeda

Escritor. He publicado las novelas "Casa de islandia", "Hotel Europa", "El futuro de mi cuerpo" y "La noche americana".


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